
Otra vez han decretado la llegada del invierno que es un monstruo con mil colas que descansa en el sótano debajo de casa más o menos unos meses, incluyendo la primavera y el verano y un mordisco del otoño.
Se ha cortado la calefacción del viejo edificio que crujió con un suspiro de ladrillo, como si fuera a quebrarse al darse por vencido despúes de otra fragua bajo la nieve, la lluvia y el granizo contra el yunque del viento. Es el mismo estremecimiento o escalofrío que siente uno cuando no quiere ir a la escuela y le sacan la frazada de un tirón.
Pero, como hemos dicho, habita el monstruo del frío en sus entrañas, las del edificio, que es decir el sótano y las bicicletas, los guantes y las raquetas siempre tiritando a pesar de que arriba la gente ya ha cerrado las ventanas y la poca luz tibia se cuela con millones de partículas cuando alguien sacude un almohadón y los gatos descansan amodorrados tras los vidrios.
Los perros son más de dormir al ras del suelo y además algo raro huelen porque no confian en los cambios de estaciones tan precisos. Los olores de la primavera no se han destapado y ellos lo saben porque el aire es la avenida de los olores, así como el agua lo es para los peces que nadan y flotan y van de un lado a otro como van los perfumes de los brotes nuevos de los tilos del parque a tu casa, o de la plaza al parque, o de la calle a la ventana.
De noche el monstruo del invierno se disfraza de fantasma y trepa por las escaleras con sus manos viejas y deja un rastro de escarcha y telaraña. De a poco se va volviendo tibio, pero no tanto como para esfumarse. Nadie se levanta descalzo todavía por temor a enfriarse la panza, a sentir el mismo escalofrío que te hace volver corriendo al ovillo caliente de la cama y taparte la cara con la frazada, por las dudas, aunque no sirva de nada.
A veces el monstruo-fantasma se mete por abajo de la puerta y por eso las madres andan montando guardia armados con capas extras de abrigo, pero cuando la guardia sueña o es muy temprano en la madrugada (cuando se pone todo color violeta) viene el perro de hocico congelado y se sube al pie de la cama dispuesto a calentar los pies pequeños como empanadas.
Y pese que a un perro no le guste más que dormir al ras del suelo, cumpliendo su deber, un perro siempre hace lo que tiene que hacer.